Dicen que a la vuelta de vacaciones de verano suelen aumentar los divorcios. La Iglesia no enseña a los cónyuges que se aguanten sin más, sino que los anima a superar los obstáculos con el diálogo, la madurez, la paciencia, la fidelidad, la renuncia al egoísmo y la ayuda invisible del Señor. Porque el matrimonio cristiano es cosa de tres: de la mujer, del marido y de Jesucristo, que se hace presente en el amor humano