Dios ha ido hablando a la humanidad, a través de palabras humanas de los profetas, aunque inspiradas divinamente. Pero al llegar la plenitud de los tiempos, según el designio divino, nos ha hablado por medio de su Hijo (cf. Hb 1, 1-2). El hombre no puede conocer a Dios, si éste no se le comunica revelándose. Por medio de Jesucristo, el Testigo fiel, se nos ha dado la posibilidad de conocer a Dios, reconociendo al mismo tiempo, quiénes somos nosotros.