Cuando entré en el Seminario, a mediados del siglo pasado, una de las cosas que más me llamó la atención fue la capacidad de humor y risa que teníamos. Y es que el humor libera, ayuda a madurar y a descubrir los matices cómicos de la vida. Por eso, estoy convencido del humor y la sonrisa de Dios. El humor de Jesús lo doy por supuesto, pues un Dios que se hace hombre y respeta la libertad humana es de una altura tal que descoloca todos nuestros cálculos.