Dios se pasea por la tierra

El prólogo de Juan, que se nos ofrece este domingo, es uno de los textos más bellos del evangelio, pero también uno de los más complejos. Pocos versículos han contribuido tanto a determinar la identidad de Jesús-Cristo. ¿De dónde eres tú?, dirá después Poncio Pilatos (19,9). 

Juan se encuentra con el hombre Jesús, pero es consciente que en él hay algo más. Descubre que él era la Palabra de Dios que estaba junto a Dios desde el principio de la creación, pero que luego realizará un movimiento descendente. Será enviado por el Padre y se establecerá en medio de los seres humanos: “Y la Palabra se hizo carne, y puso su tienda entre nosotros”. A partir de ahora formará parte de la realidad humana. Se hará uno más de los nuestros. La eternidad se hace tiempo. De ahora en adelante, el que era Dios todopoderoso, pasará hambre y sed, se cansará, estará expuesto a la debilidad. La tienda hace alusión a la presencia de Dios en medio de su pueblo, como lo hiciera en el desierto (Ex 25,8), o en el templo de Jerusalén (1 Re 8,10-11). Ahora la presencia de Dios mismo habita en Jesús de Nazaret. Dios se pasea por la tierra. 

A los que lo reciben les da un poder: saberse hijos de Dios; pero también un compromiso: ser hermanos de otros, de descender y “abajarse” hasta los más débiles. “Caminemos hacia los márgenes donde Dios clama, para tejer la vida con compasión y solidaridad” (Papa Francisco).