Por estas fechas, llegan noticias a los Medios occidentales sobre el día a día de  Mosul, Irak, recientemente invadidas por el llamado estado islámico. En Mosul, cuando se llamaba Nínive, predicó el desobediente y testarudo profeta Jonás. Mosul ha sido cristiana siempre, pese a la constante islamización sufrida desde el principio.. Aquí, en nuestra tierra, pasaron unos días procedentes de Mosul, más de cincuenta muchachos en una etapa hacia Madrid durante las jornadas de la juventud. No sabemos qué habrá sido de ellos; algunos los recordamos con emoción y aún nos llega el recuerdo de su exuberante rito caldeo en las celebraciones de la Eucaristía. ¿Estarán aún en el mundo o habrán entrado ya en la Casa del Padre? Nunca lo sabremos. La parte invadida de Irak se ha convertido en una jaula cerrada donde cualquier disidencia o intromisión conduce a la muerte. Ser cristiano, además, es delito de “lesa divinidad” si me permiten decir así, y se castiga con el degüello. 

Merece la pena una reflexión o, quizá, un pequeño paseo por la Historia; me refiero a lo que pudiéramos llamar “recuerdo de la sociología cristiana”. Fue el sedimento del Evangelio el que enseñó al mundo, al ser humano, los fundamentos de la igualdad y la esencia de la libertad; la primera comunicación de Dios al mundo, incluye un escueto y tajante “No matarás”. Fue el Dios del evangelio quien se dio a conocer  en un “tuteo”  de proximidad insólito, igualitario. Cuando la Ilustración enseñó los caminos de la igualdad, no tuvo la humildad de reconocer que ya estaba, desde el principio, en la fundación cristiana. A otros pueblos que no gozaban de esa tradición, jamás se les ocurrió. Nunca ha sido más necesario que ahora, dar un paseíllo desapasionado por la Historia si queremos que se haga justicia. 

Es sorprendente; mientras un occidente cansado, viejo y escéptico propone la superación del cristianismo para sustituirlo por la racionalidad y un  progresismo fuera de control, el orgullo le impide echar mano a la contemporaneidad del Nuevo Testamento.