Cuando uno abre los ojos, cesa de mirar y comienza a ver, descubre que a su alrededor hay otras formas de entender la vida.
Cada semana me apresto a buscar ocasiones o medios con los de ser útil a los demás sin caer en un activismo momentáneo que te conduce a “pan para hoy y hambre para mañana”. A lo largo de mi experiencia de cinco años moviéndome en el mundo de la marginación, la emigración y la falta de recursos, he podido descubrir que el campo de la colaboración con los demás es infinito. Me hace recordar aquello de que “no todo el mundo sirve para todo, pero todo el mundo sirve para algo”.
Cuando coincido, cada vez más, con personas pertenecientes al “segmento de plata”, (sí, esos que estamos jubilados pero que tenemos capacidad y ganas de poner al servicio de los demás nuestros conocimientos o nuestros brazos), mis interlocutores echan el resto desgranando lo mal que está el mundo, la pérdida de valores y el futuro incierto para nuestros hijos y nietos.
Entonces tiro de conocimiento del mundillo solidario y les ofrezco una amplia gama de posibilidades de “meterse en faena” que son como el NO-DO, “al alcance de todos los españoles”. A lo largo de esta semana me han ofrecido trabajo en un taller para jóvenes en riesgo de inclusión social en San Alberto, unas clases para disminuidos psíquicos aspirantes a plazas en la Administración Pública, trabajo como voluntarios en las asociaciones de acogida a emigrantes, comedores solidarios, visitas a prisiones, etc. etc.
Lo bueno es que nos quedamos pasmados cuando escuchamos lo poco complicado que es ayudar a los demás. Ayer oía el testimonio de una hermanita de la caridad (Foucault) que trabaja en Ceuta. Con gran sencillez ella nos hablaba de la evangelización sin palabras, primero trabajando en lo más sencillo, después abriendo su casa y su corazón a los más desfavorecidos. Sin grandes aspavientos, catequesis y celebraciones. Ora et labora. Nada más.
Buen plan de trabajo. Todos no podemos irnos a Ceuta o a las misiones. Ni quedarnos a contemplar lo bien que lo hacen otros. Nuestra “misión” está en nuestro metro cuadrado. Con humildad y constancia. Somos muy propicios a lanzarnos sin paracaídas a lo último que escuchamos… y olvidarnos de nuestro propósito a los cinco minutos. Así no se consigue más que hacer el Jaimito. “Meter las narices en todas partes y llenarlas de merengue”.
Extraordinario ejemplo de una monjita que echa muchas horas todos los días en la cocina de un chiringuito y a la ida, a la vuelta y durante el resto de su tiempo a estar al servicio de los demás. Oyendo y compartiendo.
