En la América hispana, la conversión de los indios fue masiva. El motivo fundamental de su conversión no fue la convicción de la veracidad del cristianismo, pues el indio era poco dado a la reflexión filosófica o teológica.
Los indios se convirtieron porque el Dios de los cristianos era más poderoso que los dioses aztecas o incas e intuyeron que el cristianismo era superior a sus propias religiones.
El Concilio I de Lima (1551) establece “… que los indios entiendan lo que reciben y a lo que se obligan… que ningún sacerdote bautice… sin que a lo menos por espacio de treinta días, sean industriados en nuestra fe”.
Las primeras conversiones fueron las de adultos, con catequesis previa; posteriormente, al bautizar a los niños, se organizaba para los padres una catequesis adecuada. Es verdad que siempre existió el peligro del sincretismo o el de aceptar la nueva religión sin abandonar del todo a la antigua. Para acelerar el proceso de conversión y para evitar el sincretismo, se prefirió el procedimiento de “aislar” las comunidades indias conversas y de alejarlas del trato con otros indios y de los españoles. Así nacieron los “asentamientos misioneros” y, años después las “Reducciones”.
Es erróneo pensar que los indios, al bautizarse, no tuvieran diversos motivos para hacerlo. He aquí unos cuantos: el inmenso poder del Dios cristiano; el sentido de la muerte y del más allá con el peligro de ir al infierno; la conversión del jefe o caudillo a quien había que seguir; la extensión del cristianismo por todo el mundo y de su superioridad cultural; el buen ejemplo de los misioneros que vivían austeramente con total entrega a los indios y que les enseñaban, además del Evangelio, nuevas y elementales normas de conducta, de higiene, de curación de enfermedades…
Y así, estos pueblos culturalmente atrasados y atraídos por la luz del Evangelio, terminaron por convertirse.
