Almez de la Catedral, en el momento de la poda

He leído en “Diócesis” la noticia de la poda del almez de los jardines del Sagrario. Un árbol con más de 200 años de vida.

Además de conocer la existencia en nuestra ciudad de ejemplares de árboles con dicho nombre -con características similares al olmo del que es pariente cercano-, me ha maravillado la conservación durante tantos años de dicho espécimen doblemente centenario. ¡Qué nos podrían contar sus ramas y cuanto habrán podido contemplar desde su altura! Guerras, asonadas, procesiones, bodas, bautizos, desfiles–militares y procesionales-, manifestaciones –civiles y religiosas-, vía-crucis, persecuciones, etc.

A su sombra se han resguardados pintores, perro-flautas, músicos callejeros, echadores de cartas, cantantes de opera, timadores, vendedores de souvenirs y de almendras. Un submundo acogido a su techo y a la buena o mala voluntad de los viandantes. Bajo sus ramas nos hemos citado para asistir a actos multitudinarios en la cercana catedral, a las celebraciones de la fiesta de los periodistas y para reunirnos en la casa de la farmacia.

Me sugiere una reflexión la imagen de esta poda oportuna y necesaria. Nos encontramos en cuaresma, tiempo de plantearse la tala de nuestra mala leche, sus diversas manifestaciones y sus ramajes descontrolados. Aun no tenemos 200 años, pero nos faltan diez minutos para entrar en la senectud a este nutrido grupo de pertenecientes al “segmento de plata” al que van dirigidas estas líneas. Necesitamos un repaso de “chapa y pintura”. Exterior e interior.
 
Nos sobran muchos “ramajos” y hojas muertas. Nos sobran malos recuerdos y rencores. Estimo que es el momento de empezar de nuevo, aunque nos duela. Como si fuera el primer día de nuestras vidas. Rompamos con el pasado, vivamos el presente y confiemos en un futuro mejor.