A la mayoría de las personas les parece que la vida del jubilado se desarrolla en un vivir relajadamente y sin ningún tipo de problemas. Nada más lejos de la realidad.
Cuando se acaba la vida laboral de una persona y se incorpora a la “buena vida”, tiene que tener muy claro que la pertenencia al “segmento de plata” no siempre es un camino de rosas. Hayas trabajado en la calle o en las labores del hogar, cuando llega este momento, la disyuntiva vital proporciona no pocas dificultades al recién incorporado al “dolce far niente”. O eso se lo creen él o ella.
Inmediatamente se pasa al gremio de los cuidadores-transportistas de niños, reparadores de chapuzas, solucionadores de problemas con la administración y colas varias, o, directamente corredores de bolsa. Con la bolsa a cuestas en hipermercados y mercados.
Como ustedes comprenderán, esto es un trabajo nada remunerado y con el gasto económico y de fuerzas correspondiente. Algunos tenemos la suerte que pasamos a una segunda actividad como eméritos en las diversas profesiones o como voluntarios en las que descubrimos al jubilarnos. Seguimos trabajando… pero sin cobrar.
Esta actividad llena nuestra vida, pero también la cansa. A veces la agota. Seguimos siendo el colchón que recibe y amortigua todos los problemas. De los nuestros y de los demás. De nuestros hijos y de nuestros nietos. De los que siguen trabajando, porque creen que nos aburrimos muchísimo y no tenemos otra cosa que hacer.
Por todo lo anteriormente citado, se impone el descanso del guerrero. Las merecidas vacaciones. Y a mayor edad; más largas vacaciones. Este año no me conformo con menos de tres meses. Seguiré escribiendo lo que me apetezca, mejoraré mi dominó y gastaré los alrededores de mi casa caminando. El mar enfrente y la nada como obligación.
Así que, puretas de mi generación. Imitadme y tomaros lo que os pertenece. Al final os largarán algún niño de vez en cuando. Pero mantened el tipo cuanto podáis.
