Llevan un montón de tiempo intentando desvirtuar todo cuanto huela a fe. Las mentes preclaras que nos dirigen están dispuestas a cargarse todo lo trascendente estrujándose las meninges… con un pésimo resultado.

Aquellos ayuntamientos que han implantado los bautismos y las comuniones “por lo civil” se han dado con un canto en los dientes. Han tenido que “cerrar el quiosco” por falta de clientela. Con el famoso “Halloween” han desvirtuado la fiesta de todos los Santos. Ahora van por la Navidad.

Está prohibido instalar belenes en la mayoría de los colegios, aunque habría manga ancha si pusieran una “niña Jesusa” y unas “reinas magas”. Las bellísimas  iluminaciones de nuestras calles lo mismo servirían para el Carnaval que para el ascenso del Málaga. La cabalgata de Reyes se basa en los dibujos animados de la tele y el último hit de la música pachanguera. Intentan adoptar la comida de Navidad como centro de una celebración a lo americana.

Menos mal que todavía “el gran hermano” no  controla nuestros viejos belenes llenos de pastores cojos y ríos de papel de plata. Todavía cantamos a la Virgen peinándose y al Niño que está en la cuna. Seguimos reuniéndonos toda la familia alrededor del Niño que nos nace en el corazón. Rezamos por los que se han marchado y recibimos con esperanza a los que se han incorporado a lo largo del año.

Pero para todo esto es necesario darle el valor que tiene a la familia. A la familia tradicional llena de pasado, presente y futuro. A ese sentido de servicio hacia sus integrantes y de homenaje a la entrega de las madres. Aun nos quedan esas cenas de Navidad llenas del plato que guisa la abuela con amor y el pariente pesado que se toma dos copas y cuenta el mismo chiste. Tiraremos de zambombas y panderetas y volveremos a cantar los villancicos de siempre igual de mal.

Si nos preocupamos, mejor dicho, nos ocupamos más de lo trascendente, no perderemos el tiempo buscando el sentido de las calles para encontrar el verdadero sentido de la vida familiar.

¡Feliz Navidad para todos!