Homilía de Mons. Jesús Catalá, durante la Eucaristía con motivo de la imposición de la dalmática al Rvdo. Rafael Carmona Estrada, diácono permanente

IMPOSICIÓN DE LA DALMÁTICA AL RVDO. RAFAEL CARMONA ESTRADA, DIÁCONO PERMANENTE

(Parroquia Santo Domingo-Málaga, 26 enero 2025)

Lecturas: Neh 8, 2-6.8-10; Sal 18, 8-10.15; 1 Co 12, 12-30; Lc 1, 1-4; 4, 14-21. (Domingo Ordinario III - C)

1.- Celebramos hoy el “Domingo de la Palabra de Dios”. Al instituir esta jornada hace seis años el papa Francisco pedía que fuera un día solemne, en que se entronizara el texto sagrado y se destacara la proclamación de la Palabra divina (cf. Aperuit illis. 30.9.2019, 3). Con ella os acabo de bendecir después de haber sido proclamada.

Y en este Domingo nuestro hermano Rafael Carmona, diácono permanente, va a recibir la dalmática que la Cofradía de la Cena y de María Santísima de la Paz ha querido regalarle, imitando la imposición de la “casulla” a san Ildefonso por parte de la Virgen. Eres el primero que recibe la “dalmática”.  

Imponer la dalmática es un acto con un sentido religioso profundo, teniendo en cuenta que la misión del diácono es predicar la Palabra de Dios, a parte de otros ministerios, como el de la caridad.

Con la imposición de la dalmática os comprometéis, queridos cofrades y fieles, a rezar y ayudar al diácono Rafael para que ejerza con mayor fidelidad su ministerio. ¡Rezad por él, queredlo, ayudadlo y amadlo de verdad, como os pido que lo hagáis con vuestros consiliarios y sacerdotes! Y eso, a pesar de las limitaciones que tengan.

Este gesto debe expresar vuestro amor a la Iglesia y a sus ministros. Os invito, pues, a que el gesto de hoy se prolongue con otros gestos en vuestra vida y actividad cofrade.

2.- En el contexto del Jubileo 2025 el lema elegido por el Papa para el “Domingo de la Palabra de Dios” está tomado del Salmo 119: He esperado en tu Palabra (v. 74). En su Bula de convocatoria recuerda Francisco que la Palabra de Dios nos ayuda a encontrar las razones de la esperanza (cf. Bula Spes non confundit [9.5.2024], 1).

El ser humano, en los momentos de angustia, de tribulación, de la falta de sentido en su vida, se dirige a Dios y pone toda su esperanza y confianza en Él; es una experiencia muy humana.

Todo el mundo tiene esperanzas en la consecución de sus deseos o de planes de tipo personal, familiar, laboral, cultural, económico, lúdico. Pero lo que se nos ofrece en este Jubileo es “la Esperanza teologal”; la virtud, que, junto a la fe y a la caridad, regaladas en el bautismo, nos ponen en sintonía con Dios; porque el hombre está llamado a compartir la vida divina, por haber sido creado a imagen y semejanza suya (cf. Gn 1, 26). No existe otro ser en la creación que tenga la capacidad de contactar, sintonizar y relacionarse con Dios, como lo hace el ser humano, que está llamado a compartir la vida divina.

La esperanza teologal radica en la Persona de Jesucristo, crucificado y resucitado, que nos ofrece la salvación. San Pablo insiste en ello: «Cristo Jesús, esperanza nuestra» (1Tim 1, 1). Se trata de mantener un encuentro personal con Él, que es fiel: «Mantengámonos firmes en la esperanza que profesamos, porque es fiel quien hizo la promesa» (Heb 10, 23).

Las personas podemos defraudar y los proyectos pueden quedar rotos; pero la esperanza cristiana “no defrauda”, porque tenemos la certeza del cumplimiento de la promesa del Señor; porque nos es dada por la presencia eficaz del Espíritu Santo (cf. Rm 5, 5). Por eso podemos esperar en su Palabra, el Verbo de Dios, el Hijo de Dios, la Persona de Cristo.

Desearía insistir en que, cuando decimos “Palabra de Dios” al final de la lectura bíblica de la misa, nos referimos a Jesucristo, Palabra del Padre que nos ilumina y nos salva.

3.- Este Domingo de la Palabra de Dios nos invita a leer, meditar, rezar y empaparnos de la Palabra de Dios, que no se encuentra limitada a un conjunto de libros sagrados, sino que permanece siempre viva; y anima a cada comunidad no solo a anunciar la fe, sino a comunicarla con la convicción de que lleva esperanza a cuantos la escuchan y acogen con corazón sencillo. Porque es a Cristo mismo a quien escuchamos; y es la revelación que él nos hace de Dios.

Al igual que el apóstol Pedro, que se fio de la palabra de Jesús para echar las redes (cf. Lc 5, 5), fiémonos también nosotros de la Palabra del Señor, para llevar a cabo lo que él nos pida.

4.- La Palabra de Dios es fuente de esperanza, si Dios es para nosotros la fuente de la palabra misma. Si escuchamos la Palabra del Cristo, Verbo de Dios, que nos mira con amor, podrá alimentar en nosotros una esperanza inquebrantable y permanente, porque está fundada en una presencia que nunca falla.

La Palabra de Dios es una promesa hecha por quien es fiel. Cristo nos promete su permanencia siempre: «Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos» (Mt 28, 20). La última palabra de Jesús, su última promesa antes de ascender al cielo, es su presencia en cada instante de nuestra vida.

5.- Os animo a la lectura, estudio, profundización y meditación de la Palabra de Dios, que debe ser nuestro alimento cotidiano durante toda nuestra vida. Es lo mismo que decir que hay que mantener una relación personal diaria con la Palabra, Cristo, el Verbo de Dios. Nosotros le desobedecemos y nos alejamos de él por el pecado; pero él no falla nunca, sino que permanece fiel.

Queridos cofrades, vuestra cofradía tiene como titulares a Jesús en la última Cena, donde nacen la eucaristía y el sacerdocio. Deseo agradeceros la entrega de la dalmática a nuestro hermano Rafael; y la entrega de la casulla en años anteriores a los sacerdotes. Porque este gesto va en consonancia con la Sagrada Cena, es decir, con la Eucaristía; puesto que sin sacerdote no podemos celebrarla. 

Promoved, queridos cofrades y fieles, la devoción y el amor a la Eucaristía y a la Virgen María. Ella impuso la casulla a San Ildefonso, cuya fiesta hemos celebrado en estos días.

A la Virgen de la Paz le pedimos su protección maternal y su intercesión para acoger, como Ella lo hizo, al Verbo de Dios, que ilumina nuestra vida y nos trae la salvación. Amén.