En la Puerta de las Cadenas, muy mal llamada en nuestros días “de los Naranjos”, observaremos que todo el espacio del atrio queda delimitado por pilares con ristras de recios eslabones. Son un total de catorce columnas, muchas de ellas originales del siglo XVI que, provistas de cadenas, servían tanto para marcar los límites de la propiedad y jurisdicción eclesiástica como para recordar el derecho de asilo que la Iglesia concedía.