Al inicio de la Cuaresma, el Obispo de Málaga, D. José Antonio Satué, envía un mensaje a las hermanas y hermanos cofrades, que reproducimos íntegro.
Queridas hermanas y hermanos cofrades:
Al comenzar el tiempo santo de la Cuaresma, me dirijo a vosotros con afecto sincero y con el deseo de caminar juntos hacia la Pascua del Señor. Lo hago como obispo que inicia su ministerio entre vosotros, con la alegría de quien llega a una Iglesia rica en historia, en fe vivida y en tradiciones profundamente enraizadas en el corazón del pueblo.
Me acerco al mundo de las hermandades y cofradías con respeto y con una actitud abierta de escucha. Vengo con el deseo de acompañar, pero también de conocer, de aprender y de dejarme empapar por una piedad popular que, cuando se vive con autenticidad, es una verdadera escuela de fe. Sé que detrás de cada imagen, de cada celebración y de cada estación de penitencia hay una historia personal y comunitaria, una experiencia creyente y un camino espiritual que merece ser acogido y cuidado.
La piedad popular no se reduce a lo externo ni a lo visible. No es solo organización ni expresión estética, sino una forma concreta y profunda de vivir, transmitir y celebrar la fe. En las hermandades se custodia una fe que ha pasado de generación en generación, una fe encarnada en la vida, en los gestos y en la historia de nuestro pueblo. Como han recordado mis hermanos Obispos del Sur en su carta pastoral María, Estrella de la Evangelización, «la piedad popular constituye una expresión de la fe que ha entrado en el corazón de los hombres, formando parte de sus sentimientos, costumbres y modo de vivir; la fe se ha hecho carne y sangre». Por eso, cuando es vivida con autenticidad, la religiosidad popular no solo conserva la fe, sino que también se convierte en un espacio que impulsa la formación, la solidaridad y el anuncio, convirtiéndose en un verdadero cauce de evangelización.
La Cuaresma es un tiempo privilegiado para profundizar en esa fe. Es un camino que nos conduce a la Pascua, al centro de nuestra vida cristiana. Os invito a vivir este tiempo con intensidad, dejándonos ayudar por tres actitudes que pueden iluminar nuestro recorrido cuaresmal: contemplar, escuchar y vivir.
Contemplar
Nuestras imágenes, nuestros Sagrados Titulares, son una invitación permanente a la contemplación. En ellas se nos muestra el rostro de Cristo que ama hasta el extremo, que se entrega por nosotros y que carga con el dolor del mundo. Contemplar es detenernos ante ese misterio, no pasar de largo, dejar que el Señor nos mire y nos hable al corazón.
En este tiempo cuaresmal estamos llamados a contemplar la vida de Jesús, su palabra, su cercanía a los pequeños y los humildes, su misericordia sin límites. Y, de manera especial, a contemplar su pasión y su cruz, no como un episodio del pasado, sino como una luz que ilumina nuestras propias cruces y sufrimientos. La contemplación nos ayuda a descubrir que Dios no permanece ajeno a nuestra historia, sino que entra en ella y la asume con amor.
Escuchar
La contemplación verdadera abre siempre el camino de la escucha. Dios sigue hablándonos hoy, y la Cuaresma nos invita a afinar el oído del corazón para reconocer su voz. Nos habla en la Palabra proclamada en los cultos y celebraciones, en la oración personal y comunitaria, en la vida interna de nuestras hermandades.
Pero también nos habla en la vida cotidiana: en la familia, en el trabajo, en las preocupaciones diarias, en los encuentros y desencuentros de cada día. Nos habla de manera especial en las situaciones de dolor, de fragilidad y de sufrimiento, donde Cristo se hace presente de un modo muy particular. Escuchar al Señor es preguntarnos con sinceridad qué nos está diciendo hoy, qué nos pide como personas, como cofrades y como Iglesia.
Esta escucha requiere silencio interior, discernimiento y disponibilidad. No basta con oír; es necesario acoger la Palabra y dejar que transforme nuestra manera de pensar, de sentir y de actuar.
Vivir
Contemplar y escuchar nos conducen necesariamente a una nueva forma de vivir. La fe que expresamos en nuestras hermandades y cofradías está llamada a hacerse vida concreta, a traducirse en actitudes evangélicas y en compromiso cotidiano. La Pascua que celebramos nos impulsa a ser mujeres y hombres nuevos, renovados por el amor de Cristo resucitado.
Ser cofrade implica asumir una responsabilidad en la Iglesia y en la sociedad. Implica dar testimonio del Evangelio en lo sencillo y en lo cotidiano, vivir la caridad, el servicio, la cercanía a los más necesitados, y construir comunidades marcadas por la fraternidad y la comunión. Nuestras hermandades están llamadas a ser espacios donde la fe se celebra, se comparte y se vive con coherencia.
La Resurrección del Señor nos envía a ser testigos del amor en medio del mundo. Cada uno de nosotros está invitado a recorrer su propio camino pascual, dejando atrás aquello que nos limita y abriéndonos a la vida nueva que Dios nos ofrece.
Queridos hermanos cofrades, deseo de corazón que esta Cuaresma sea para todos un tiempo vivido con hondura y profundidad. Que la contemplación, la escucha y la vida evangélica nos ayuden a tomar mayor conciencia de nuestra fe, de nuestra misión y de la tarea que el Señor nos confía. Caminemos juntos hacia la Pascua, acompañados por María, y dejemos que Dios renueve nuestro corazón y nuestras hermandades.
Recibid, hermanas y hermanos, un saludo muy cordial en el Señor.
